Noticias Locales

Malvinas y desalinización: el futuro de la soberanía en un mundo donde el agua decidirá todo

El 2 de abril de 1982, la Junta Militar, utilizando una causa justa para aumentar su baja legitimidad, lanzó la Operación Rosario y se embarcó en Argentina en una guerra con el Reino Unido. El conflicto armado duró 74 días y tuvo como epicentro la disputa sobre la soberanía de las Islas Malvinas, las Georgias del Sur, el Sándwich Sur y los espacios circundantes.

Esta confrontación, que dejó 904 cicatrices muertas y profundas en ambos estados, no resolvió la controversia de antecedentes, que sigue siendo un tema candente en la política internacional. Argentina reclama a las islas con sólidos argumentos históricos, legales y geopolíticos, mientras que el Reino Unido las conserva por razones estratégicas y económicas.

Belgrano General Cruise: Pearl Harbor, Guerra Mundial y Malvinas

Sin embargo, un factor emergente, como el avance en la tecnología de la desalinización de los océanos, podría alterar los intereses del Reino Unido y abrir la posibilidad de un atraso británico, similar al regreso de Hong Kong a China en 1997.

El reclamo argentino

Argentina mantiene su derecho sobre las Malvinas con una base histórica que se remonta a la independencia de España en 1816. Después de la emancipación, el país heredó los territorios de la virreyaltad de la Río de la Plata, que incluía las Islas Falkland. Este principio de sucesión territorial fue inicialmente reconocido por el Reino Unido en 1825, al aceptar la independencia de las provincias unidas de la Río de la Plata.

Sin embargo, en 1833, Londres tomó las islas por la fuerza, desalojando a las autoridades argentinas y estableciendo una colonia británica. Desde entonces, Argentina ha denunciado esta acción como un acto ilegítimo de colonialismo, protestando ininterrumpidamente en la comunidad internacional.

El gobierno honró a los veteranos y cayó en la guerra de las Malvinas con promociones a ex combatientes

La resolución 2065 de la Asamblea General de la ONU, adoptada en 1965, reconoce la existencia de una disputa de soberanía e insta a ambos países a resolverlo a través de negociaciones pacíficas, considerando los intereses de los habitantes de las islas. El 28 de abril de 1982, la OEA apoyó formalmente a Argentina, expresando: “La República Argentina tiene el incuestionable derecho de soberanía sobre las Islas Malvinas”.

Este apoyo global y regional cuestiona la legitimidad de la presencia británica.

Mientras tanto, el Reino Unido defiende su control con dos argumentos principales: el principio de autodeterminación de los pueblos y la ocupación continua desde 1833. Sin embargo, estos puntos son débiles desde la perspectiva del derecho internacional porque es una población implantada por el estado del usurpador, que invalida a los principios invocados y porque la toma de 1833 fue una ley de fortaleza y argumento por su seseigny.

“Anhelamos que los malvinenses voten un día con nuestros pies”: el mensaje de Milei para Malvinas

Más allá de los problemas legales, el Reino Unido mantiene su presencia efectiva en las Malvinas para intereses estratégicos. Las islas están ubicadas en el Atlántico Sur, cerca de la Antártida, la reserva de agua dulce más grande del planeta, y el acuífero guaraní, una de las fuentes de agua subterráneas más grandes.

Desalinización y recursos vitales

Esta posición geográfica los convierte en un punto clave para controlar el acceso a los recursos hídricos vitales, especialmente en un mundo donde el agua potable es cada vez más escasa. Además, la base militar en Las Malvinas refuerza la proyección del poder británico en la región, también cerca del hielo continental de Argentina y Chile, y el Amazonas.

Sin embargo, esta presencia tiene un alto costo. Los Malvinas están a 13,000 kilómetros de Londres, lo que implica un gasto significativo en logística, mantenimiento de la base militar y apoyo a la población local. Este esfuerzo económico solo está justificado, mientras que las islas ofrecen una ventaja estratégica que no se puede obtener de manera más eficiente.

El politólogo estadounidense Robert Gilpin, un académico experto en asuntos internacionales, dijo que los estados intentan su expansión territorial siempre que los costos marginales de esa acción no sean superiores a los beneficios marginales. Aquí entra en juego una variable clave en el problema de Malvinas: la desalinización del agua, un proceso que elimina la sal del agua de mar para que beba.

Aunque históricamente costosos, los avances tecnológicos están reduciendo su precio, lo que lo convierte en una alternativa viable para países con acceso al océano, como el Reino Unido. Si se generaliza la desalinización, Londres podría satisfacer sus necesidades de agua sin depender de fuentes distantes como las cercanas a las Malvinas. Esto cuestionaría la rentabilidad de mantener una base militar tan distante y costosa.

Un paralelo histórico ilustra esta posibilidad: el regreso de Hong Kong a China en 1997. En ese caso, el Reino Unido reconoció que el costo de mantener el control excedía los beneficios, tanto económicos como políticos, y optó por un retiro negociado. Del mismo modo, si la desalinización elimina la necesidad estratégica de las Malvinas, el Reino Unido podría concluir que el gasto en las islas no está justificado. Esto abriría la puerta a las negociaciones con Argentina para una transferencia ordenada del territorio.

Conclusión: Los avances en el proceso de desalinización podrían cambiar el status quo, reduciendo la dependencia británica de recursos distantes y haciendo innecesario el costo de mantener una base de operaciones en el Atlántico Sur. Como sucedió con Hong Kong, un retiro a Argentina podría convertirse en la opción más pragmática, cerrando una disputa de casi dos siglos y abriendo un nuevo capítulo en las relaciones entre los dos países. Mientras tanto, el pueblo argentino anhela la reunión de su tierra natal con las perlas del sur.

*Analista internacional, profesor universitario, autor del libro de Malvinas, viajó a las islas en 2019.

Back to top button