El encanto discreto de la derecha de Postgramscian

Entre otras novedades introducidas en la política argentina, aparte de la ideología libertaria (o anarcoliberal) y una retórica insultante, una que caracteriza a Javier Milei es la insistencia en la “batalla cultural” como una pieza estratégica de su proyecto político. Para aquellos que saben cómo escuchar, la expresión tiene resonancias gramscianas claras, es decir, se refiere a un concepto fundamental del pensador marxista Antonio Gramsci, de influencia en parte de la izquierda local. Por lo tanto, sin más, Milei podría definirse como un “dexerogramsciano”, un gramsciano de derecho, y no estaría muy mal. En cualquier caso, es solo una indicación de la naturaleza auténtica de la batalla cultural, recientemente enfocada, con un éxito dudoso, sobre la cultura despertada de SO. En la base, además de las ideas recicladas de Gramsci, el pensamiento del politólogo y filósofo Agustín Laje (1989), de Close Link, digamos, con el actual presidente desde que fue diputado. La teoría de la batalla cultural del gobierno libertario, como Lajo en 2022 ha revelado la carta robada de Poe que no ve, cuando está en vista de todas, en 2022 en su libro The Cultural Battle, publicado por Harper Collins Christian Publishing.
La eminencia gris de Milei en la batalla cultural no es un intelectual académico, sino una escritora de estilo académico o, al menos, tiene la intención de ser (no siempre lo alcanza). En The Black Book of the New Left (2016), escrito en colaboración con el también orador y escritor de la extrema derecha, la derecha, Nicolás Márquez, contrasta la rusticidad de este último con el texto ordenado y elaborado de Laje. Lo que se aprecia en la batalla cultural, una obra de más de quinientas páginas, cuya escrúpulos y corrección en el sistema de citas y referencias bibliográficas no evita, a pesar de todo, importantes deficiencias de análisis y fundaciones argumentativas. Se ha dicho que la concepción del “marxismo cultural” (que dejaría a muchos marxistas aturdidos), adherido como un pólipo en el discurso de Milei, no es más que una teoría de la conspiración y, por lo tanto, no es válido. Sin embargo, esta supuesta colusión, que muestra una virtud y un defecto en la fuerza persuasiva de Laje, se extrae directamente de los pensadores marxistas y posmarxistas.
Según Laje, la batalla del marxismo cultural comienza en mayo Parisino de 68 años y aumenta después del colapso de la Unión Soviética con el objetivo, que emana del fracaso, de transformar la cultura dada como una condición de la revolución socialista. Incluye el marxismo occidental (Gramsci, Althusser, Frankfurt School) y, de manera especial, la genealogía de Foucault y sus extensiones en la teoría queer y la “ideología de género”. Con poca memoria o pequeño estudio, Laje inventa un tejido entrelazado en torno a la “liberación sexual” que va desde la izquierda freudiana (Reich y Marcuse) y la teoría crítica de Horkheimer, por su rechazo de la familia, a la tesis de Foucaulton sobre la sexualidad, como una batalla cultural liberada contra el orden natural del sexo. Debe aclararse que el raro error de Laje, si se cree en su honestidad intelectual, radica en ignorar o evitar las cuestiones difíciles de Marcuse a Reich y la revolución sexual (que describió como “malvada excesiva mal”), y la distanciaba de Foucault desde la “hipótesis represiva” de la izquierda Freudian.
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De esta manera, la batalla cultural de Laje se destaca como un blanco privilegiado para la comunidad LGTBIQ+ y también para los “metacapitalistas” que se benefician y propician la diversidad sexual (porque no implica ningún peligro político) e incluso los millonarios progresivos (Soros, RockeFeller, etc.) que los finanzas y los apoyo. Si bien es cierto que la contrarrevolución sexual que se imagina está dirigida, sobre todo, para suprimir la influencia del solvente de la familia y las tradiciones, Laje argumenta que el feminismo y la ideología de género tienen los mismos efectos destructivos, y, de hecho, también cualquier defensa de esos grupos considerados “oprimidos” debido a algunos políticos de los discapacitados, antes de la indiferencia de los marxistas, de los marxistas, los postructalistas y los postructúrgados y los posmodernos para los inyectores para los inyectores, antes de los marxistas, de los marxistas, de los marxistas y los postructúrgados y los posmodernos para los inyectores de los inyectores. “Pequeñas historias” de Lyotard y mejoradas en línea.
La doctrina de la batalla cultural de Laje, concebida y destinada, dice, por un nuevo derecho, tiene como teatro de operaciones, y solo allí es posible, posmodernidad. En la medida en que ha implantado el principio de la realidad, como resultado de las tecnologías digitales y la hiperinformación, y cuando la simulación de lo real, en el sentido de Baudrillard, y aún más aún, el vacío social de Lipovetsky está apuntando por la economía capitalista en la fusión con la cultura, Laje, comprende que la manipulación de la “opinión pública” (no existe, en sí misma, no existe). De esto, dado que todo se vuelve “cultural” (imágenes y signos), el capitalismo de las plataformas, la “casta política”, en palabras del marxismo de Laje y cultural, pero también el nuevo derecho dispuesto a dar la batalla por la hegemonía en términos políticos culturales. En este sentido, las redes sociales se presentan como una superación de los antiguos medios (TV, Radio, Press), que proponen una relación vertical.
En cualquier caso, como la posmodernidad implica un mundo completamente cultural, en el que la estructura económica se confunde con la superestructura ideológica, es decir, cultural, laje se aparta de la imprenta de Gramsci, a quien admira (ejemplo: en Gramsci el económico estatal en su noción de cultura. IPSO le da el modelo postgramsciano de la batalla cultural para unificar el nuevo derecho compuesto de “libertario, conservadores, tradicionales y patriotas”. Carece de su propio pensamiento, e incluso su libertarismo copia el de Rothbard, en otras palabras, un populismo ultraconservador de la extrema derecha.